lunes, 28 de enero de 2013

Agua urbana


¿Cómo experimentamos el agua en Santiago? Con evidente escasez. Somos una ciudad en el desierto, con un voluble torrente por río, ocho meses de sequía, y donde un prado en un parque es un raro lujo.  


 El agua, origen de la vida, es también el origen de la ciudad. La provisión de agua fresca condiciona todos los asentamientos humanos, y en muchos casos la fisonomía de la ciudad está moldeada por esa relación. No se trata de la cercanía con ríos o lagos, que han sido a la vez fuentes de agua, vías de transporte y resumideros, sino del establecimiento de sistemas de provisión y almacenamiento, redes que abarcan cientos de kilómetros en ductos y estructuras.

En el cénit del imperio, Roma contaba con un millón de habitantes, provistos de agua fresca desde vertientes de montaña gracias a 11 acueductos que sumaban 800 kilómetros y cuyos vestigios nos maravillan hasta hoy. El agua se distribuía en numerosas fuentes y baños públicos; se recogía en un sistema de alcantarillado que desaguaba en el Tíber, contaminado eso sí, tal como fue cada río urbano del mundo hasta bien entrado el siglo 20. Todavía Roma hace gala de su provisión de agua. El período barroco fue pródigo en fuentes espectaculares, algunas del tamaño de un edificio: están en cada plaza, en cada esquina, en cada rincón delicioso. Se agradecen especialmente en el verano aplastante del Lazio; el pueblo las conoce todas y cada una por su nombre. Si le motiva la música, estimado lector, le sugiero dejarse llevar por el ensueño de Ottorino Respighi en sus "Fuentes de Roma".

La trama de las ciudades coloniales chilenas también está determinada por el agua fresca. En Santiago, el conquistador trazó una pragmática cuadrícula, y por el medio de cada manzana, de oriente a poniente, hizo correr una acequia para surtir desde el medianero los cuatro solares de la cuadra, de modo que las calles de oriente a poniente fueron siempre las más importantes o "largas", y las otras "atravesadas". Aún hoy es posible advertir cómo se fueron subdividiendo las manzanas fundacionales, y cómo fue creciendo la ciudad a lo largo de siglos en función de estos cursos. El canal San Carlos y el Zanjón de La Aguada fueron hasta hace poco nuestros límites urbanos, aunque dentro de estos límites se fundaron pocos parques, y la arborización sistemática no fue una preocupación hasta mucho más tarde. En ciertos barrios de Santiago las acequias todavía riegan añosos árboles, tal como en nuestra vecina Mendoza, prodigio de ciudad frondosamente verde en pleno desierto.

¿Cómo experimentamos el agua en Santiago? Con evidente escasez. Somos una ciudad en el desierto, con un voluble torrente por río, ocho meses de sequía, y donde un prado en un parque es un raro lujo. Una visita a la cumbre del cerro San Cristóbal (que no fue más que un árido peñón con canteras hasta hace unas décadas) nos revela un manto verde entre las edificaciones del oriente, acaso una quinta parte de la ciudad, y para el resto apenas unos manchones de vegetación dispersos en el horizonte. Los nuevos paradigmas del paisajismo urbano plantean la necesidad de extensos parques en las zonas más desaventajadas, y diseñarlos de manera tal que se mantengan con poca agua. Para ello se utilizan especies endémicas, tanto árboles como a ras de suelo. Aun así, propongo que el agua debe además acercarse al ciudadano como un regalo, mediante generosas fuentes ornamentales, bebederos por toda la ciudad, piscinas públicas, espejos, lagunas. Se conoce a una ciudad por sus lujos públicos, por la calidad de lo gratuito. Ahí donde el agua es escasa, dennos un pequeño lujo.

FUENTE: http://diario.elmercurio.com/2013/01/26/vivienda_y_decoracion/vivienda_y_decoracion/noticias/1d6c85c6-3818-4fc1-81be-1bce4c6a2357.htm