lunes, 2 de abril de 2012

LOS SONIDOS DEL RÍO



Miguel Laborde 
Uno no conoce la ciudad donde vive, jamás llegará a conocerla. Cada una es un universo rico en matices, del que se pueden hacer mil películas, novelas, obras de teatro, sin acercarse siquiera a la posibilidad de darla por vista. Si se puede escribir una novela como Ulises, considerada por muchos como la mejor del siglo XX, a partir de un solo día -el 16 de junio- en la vida de un solo personaje... Eso le bastó al autor, el irlandés James Joyce, para alzarse como un clásico, quedando su Dublín junto al Londres de Dickens y al París de Balzac.
Obligado Joyce por razones de trabajo a vivir lejos, especialmente en Italia y Francia, su casa de París la inundó de recuerdos de su origen, al grado que la alfombra estaba diseñada a partir de la forma del río Liffey, el que cruza la capital irlandesa, donde naciera.
Uno puede asumir, por lo mismo, que desconocemos el Mapocho, ese torrente estacional capaz de transformarse, a lo largo del año, de lánguido estero en avalancha, cuando de pronto cede la nieve y baja de la montaña arrastrando bloques gigantescos de piedra que retumban con estruendo. Su fuerza es capaz de hacer pedazos cualquier soporte de puente. Bien puesto está su apodo de río "camaleónico".
No está muy lejano el invierno de 1982, cuando erosionó la ribera norte a la altura de la Comuna de Providencia, con lo que, de paso, se llevó sus jardines. Por fortuna, de la desgracia se generó una oportunidad y, cuatro años después, se construyó ahí el Parque de las Esculturas, en el que se inauguraron los ciclos de conciertos de Música junto al río y, el 2002, los festivales de jazz en enero.
Con categoría internacional, luego de una década, llegan a esos encuentros músicos eximios. Se maravillan con el panorama: tocar en un parque entre esculturas contemporáneas, con el rumor de un río de fondo, envueltos en un atardecer que tiñe de púrpura y naranjo los cerros de las estribaciones de la Cordillera de los Andes, es una escena que, saben desde el principio, no olvidarán jamás. Y luego poder cruzar un puente para encontrar (en Pedro de Valdivia, Orrego Luco o Nueva de Lyon) una variada oferta gastronómica, con mesas a la calle en la época del festival.
Es cierto, hay santiaguinos que preferirían un Santiago sin Mapocho. Lo consideran un perjuicio a su imagen, más que un aporte, pero es por falta de formación adecuada; es consecuencia de nuestra ausencia de relatos. Aquí deben empezar, al menos, con los hombres de tiempos de Cristo que habitaban esa ribera (afeitándose medio cráneo y pintándose de rojo el resto), venerando esas aguas tutelares que, de no haber existido, habrían impedido su asentamiento.
En ese propósito, habría que sumar al relato el Camino del Inca, que por la ribera pasaba hacia la actual Vitacura, hasta llegar al núcleo administrativo entonces ubicado entre la actual Rotonda Pérez Zujovic y la Plaza Lo Castillo. Y el tema de los conquistadores buscando un lugar para sus caballos, el que encontraron en La Dehesa.... Resulta que la historia, en nuestro país fluvial, se concentra junto a los ríos. Todo está ahí. Pensándolo bien, el trazado del Mapocho también podría llevarse, con sus curvas y contracurvas, al diseño de una alfombra.
Mapocho
El río recorre 96 km desde su nacimiento, en la comuna de Lo Barnechea, hasta que sus aguas se vierten en el Maipo.